Pareja Millennial

Por: Psiquiatria.cl _
Viernes 07 de diciembre, 2018
Pareja y Familia

Por: Ps. Gisela Fischman

Se considera millennials o Generación Y, a los nacidos entre 1985 y 1995 aproximadamente. Es decir, gente entre los 25 y los 35 años, que está comenzando a desarrollar su identidad adulta y armando su proyecto de vida en relación a la pareja, la familia y el trabajo. Vistos como colectivo, nacieron en un mundo analógico, pero hicieron una transición rápida hacia el mundo digital, por lo que manejan ambos códigos y -al menos en teoría- tendrían mayor flexibilidad y adaptabilidad a los cambios del siglo XXI.

Es importante aclarar que el concepto de millennial surge en la cultura occidental y que, incluso en Occidente, existen diferencias culturales importantes entre Latinoamérica, Europa o Estados Unidos. Por último, es difícil generalizar porque cada persona se inserta en los tiempos que le tocan vivir a su manera, según las vicisitudes de su historia individual.

Monogamias seriales

Los abuelos de los millennials pertenecían a familias extensas que, a su vez, tenían una fuerte inserción en sus comunidades y pueblos. Se movían en entornos de reglas claras y control social de las vidas individuales, con jerarquías y roles definidos, en los que la identidad se forjaba desde la continuidad de las tradiciones. En ese mundo se privilegiaba el sentido de pertenencia, lo que muchas veces iba en desmedro de la libertad individual, pero esto a su vez “liberaba” a las personas de tener que tomar decisiones importantes todo el tiempo y responsabilizarse por las consecuencias de éstas. Eran épocas de certezas y de opciones limitadas, pero la gente mantenía un contacto cercano y permanente con varias personas en las que podía depositar y ver satisfechas sus necesidades afectivas y materiales.

En las ciudades actuales ese tipo de configuraciones familiares casi no existen y las certezas han sido reemplazadas por la incertidumbre y la relatividad de las cosas. Esto ha significado una disminución del sentido de pertenencia y un aumento del sentimiento de soledad, que es la gran pandemia de nuestros tiempos.

Si antes la elección de pareja tenía un objetivo de subsistencia económica, hoy se basa en una concepción romántica: encontrar el amor, saber si es él o la indicada. Por ende, las necesidades emocionales -antes repartidas entre varias personas- hoy se concentran en una sola, a la cual se le pide que cubra todos los roles: amante, compañero, amigo, apoyo económico, socio en la parentalidad, etc. Se entiende entonces por qué el 50% de los matrimonios termina en divorcio. Es una exigencia enorme que ninguna persona por sí sola puede cumplir.

Tanto a nivel laboral, como de consumo y de pareja, al millennial no le basta con estar satisfecho: necesita estar inspirado, apasionado y sorprendido. La novedad es importante para él, pero el problema de la novedad es que se pierde en el mismo minuto en que entramos en contacto con ella. Entonces, cuando las cosas y/o personas se vuelven conocidas, los de la Generación Y salen a  buscar otra alternativa porque siempre les queda la duda de si esa es la mejor opción o si se estarán perdiendo de algo/alguien mejor.

En este contexto, aparecen nuevas (y no tan nuevas) formas de encarar los vínculos. Hay que tener en cuenta que lo que las define es la búsqueda de una satisfacción plena en todas las áreas y no solo a nivel de la sexualidad.

En el mundo digital, estamos condicionados a evaluar todo el tiempo la calidad de lo que se nos ofrece y la relación de pareja también cae en estos parámetros. Entonces, ¿qué se hace cuando al sexo le damos una estrella, a la convivencia tres y a la conexión emocional cuatro? ¿Cuál es la política de devolución si hay hijos de por medio?

La diferencia está en qué hace cada uno con eso. Antes la gente seguía casada a pesar del adulterio, un fenómeno históricamente condenado pero universalmente practicado. Posteriormente, la Generación X (nacidos entre 1960 y 1980 aproximadamente), se dio permiso para divorciarse y seguir buscando “la” persona ideal. Sus sucesores -los millennials- son hijos de la desilusión con el modelo monogámico de pareja y la infidelidad concomitante. Saben que su expectativa de vida será de cien años o más y son más realistas en cuanto a reconocer lo difícil que sería estar romántica y sexualmente satisfechos con una sola persona durante setenta años. Como resultado de la convergencia entre los cambios históricos, la búsqueda de transparencia y una mayor flexibilidad en los vínculos, han ido surgiendo otras configuraciones de relación. Hoy hablamos de monogamias seriales e incluso de poliamor.

Poliamor

Significa muchos amores y se refiere a relaciones no monogámicas consensuadas entre los miembros de la pareja, quienes se dan permiso mutuo para establecer vínculos de intenso apego romántico y sexual con otras personas. No es lo mismo que la poligamia porque ésta es una relación de un solo hombre con varias mujeres que no se han elegido entre sí.

El poliamor es un acuerdo conciente e intencional que tiene similitudes con el concepto de outsourcing: buscar proveedores externos para cubrir ciertos servicios. De hecho, en Estados Unidos existen comunidades organizadas en torno a estos arreglos, en las que los hijos son criados por varios padres y madres. Es la recreación actual de la aldea de los bisabuelos.

Va a ser muy interesante ver cómo se desarrollan estas nuevas formas de convivencia y acuerdos de pareja en el futuro. Pensemos que aquí la ley de divorcio se aprobó recién en el 2004, ni siquiera se aprueba aún la del matrimonio igualitario, ni hay ley de adopción por parte de parejas homosexuales. Por ahora, creo que el poliamor es una realidad para unos pocos; además no sabemos bien cuántos hay en Chile.

Flexisexualidad

Es un concepto acuñado por la Dra. Lisa Diamond de la Universidad de Utah en 2008, quien postula que la sexualidad femenina tiene mayor “fluidez” o flexibilidad que la masculina, por lo que una mujer que se declara heterosexual puede, en algún momento, sentir atracción por otra mujer, coquetear o tener relaciones sexuales con ella. El término se popularizó desde que Madonna y Britney Spears se besaron en la boca en los premios MTV y luego otras celebridades las siguieran. Creo que la palabra clave aquí es exploración. Tanto hombres como mujeres tienen la necesidad de buscar en su entorno y dentro de sí mismos qué es lo que los atrae y los mueve sexualmente. En el mundo de las certezas y las clasificaciones hetero-normativas de antaño, dichas exploraciones eran condenadas socialmente, sobre todo cuando se trataba de personas del mismo sexo. En la actualidad, los jóvenes se atreven a fantasear o a concretar deseos que están en todos nosotros ya sea que los aceptemos o no.

El deseo sexual es un motor de búsqueda mucho más antiguo que Google. Y lo que busca es alguien que lo satisfaga. Para algunos, ese alguien tiene que ser del sexo opuesto y para otros no; por eso en sexología ya no se habla de sexualidad sino de sexualidades.

En cuanto a los millennials, cada vez la tendencia es más a enamorarse de una persona específica (o varias), independientemente de su orientación sexual o su género.

Los seres humanos oscilamos entre la búsqueda de constancia y la de variabilidad, entre la certeza y la incertidumbre, lo conocido y lo desconocido. Queremos pertenecer, pero también ser autónomos. Somos buscadores de conexión emocional con otros y nos enfermamos cuando no la encontramos.

Tal vez para los millennials el acento esté puesto en la autonomía y la libertad individual, pero al final del día todos deseamos lo mismo: amar y ser amados. Lo que cambia es la forma en que se configuran estos vínculos.

Nuevas (o no tanto) prácticas en las redes

Cada día aparecen nuevas expresiones para nombrar prácticas que siempre existieron en el mundo de las citas cara a cara. El ghosting es cuando alguien desaparece del chat de repente y sin aviso. Es la versión moderna del “no me llamó más”. Benching (dejar en la banca), breadcrumbing (dejar migajas de pan en el camino) y cushioning (amortiguación) son variantes del tener a alguien “enganchado”, como reemplazo, por si fracasa la relación con quien verdaderamente le interesa a quien realiza estas conductas, que son formas de rechazo y/o descalificación del otro y  causan mucho daño a su autoestima.

Por más que puedan verse o escucharse, quienes chatean, no pueden olerse, saborearse ni tocarse. Hay una distancia concreta entre emisor y receptor que está dada por la ausencia del cuerpo de ambos. Cuando leo un mensaje de WhatsApp o un post de Facebook de alguien desconocido, son palabras que aún no le pertenecen a nadie. Son palabras sin un hablante, sin un dueño que pueda responsabilizarse totalmente por ellas; además quedan despojadas del lenguaje no verbal que les da sentido (la entonación, los gestos, el ritmo, el volumen de la voz). En esta disociación entre el hablante y lo hablado, la comunicación se despersonaliza y entonces es fácil que el otro pase a ser un objeto. Y a los objetos se los puede controlar, manipular y abandonar sin culpas. Es mucho más sencillo ser cruel con alguien que no puede perseguirte para golpearte, o cuando no tienes que verlo llorar.

Personalmente, discrepo con quienes afirman que la causa de estas prácticas es la inseguridad: hay formas menos destructivas de sobreponerse a la vulnerabilidad propia.

Todo depende de cómo y para qué se use la tecnología. Hay gente que necesita adentrarse en las situaciones y en los vínculos más lentamente: precisan explorar el ambiente primero, conocer un poco más y recién ahí pueden soltarse. Para estas personas, la virtualidad puede ser un cushion (amortiguador o cojín) que les asegure una distancia protectora hasta que se animen a dar el siguiente paso, pero eso no tiene nada que ver con utilizar al otro.  Son estilos particulares de encarar las relaciones interpersonales.

Más info: www.giselafischman.cl