Hipocondría o Ansiedad de Salud
sábado 12 de julio, 2014
Temas: Hipocondría

Se trata de un trastorno mental que afecta a una de cada 20 personas que se atienden en el nivel primario de atención y que se caracteriza por una preocupación exagerada sobre la posibilidad de tener una enfermedad grave, basándose en una interpretación errónea de síntomas corporales benignos. El temor a la enfermedad puede alterar gravemente el funcionamiento social, laboral y familiar.

Estos pacientes consultan habitualmente en consultorios de medicina general o en algunas especialidades. Allí pueden llegar a representar entre 0,8% hasta el 8,5%, de las consultas. Sin embargo, aunque se trata de un cuadro psiquiátrico, los pacientes se resisten a consultar con un profesional de salud mental.

Quienes padecen del cuadro interpretan erróneamente algunos síntomas corporales habituales como indicio de tener o estar desarrollando una enfermedad grave. No simulan sus síntomas y su conducta, en principio, no está dirigida a obtener beneficios secundarios. Más bien, sus creencias le generan altos niveles de angustia y sufrimiento. Los pacientes centran su atención en sensaciones corporales que son benignas y normales como parte de las fluctuaciones en el organismo. Así pueden temer un pulso acelerado, ruidos abdominales, la sudoración o el mareo al ponerse bruscamente de pie. Estas manifestaciones suelen ser variaciones de las funciones corporales habituales, pero también incluyen molestias menores transitorias, como contracturas musculares o dolores articulares. En algunos casos la quejas se refieren a sensaciones vagas, no definidas, como sentir los pulmones cansados, o dolor del las venas.

Otra característica es la dificultad que tienen para calmarse cuando se les asegura que gozan de buena salud, incluso mostrándole que sus exámenes han salido normales. El paciente más bien, se dedica a intentar descubrir por todos los medios cuál es realmente la enfermedad que lo aqueja, la que habitualmente la supone grave (por ej. Cáncer o una enfermedad cardiovascular).

Consultan repetidamente con distintos profesionales de la salud, conducta que los norteamericanos han denominado “doctor shopping” en busca de una respuesta adecuada. Lamentablemente este comportamiento es poco comprendido por los profesionales y se tensiona la relación médico-paciente, haciéndose muy difícil la ayuda necesaria; puede someterse a muchos exámenes innecesarios y en algunos casos riesgosos; puede pasar mucho tiempo auto-examinándose, buscando indicios que confirmen sus temores o dedicar mucho tiempo y recursos para obtener información y medicinas alternativas que supuestamente le ayudaran con la enfermedad temida. Por otro lado, también empiezan a evitar situaciones y estímulos que los suponen relacionados con el posible desarrollo de la enfermedad.

Todo el tiempo el paciente se encuentra totalmente convencido que sus molestias tienen un origen físico, por lo que la sola sugerencia de consultar con algún profesional de la salud mental les resulta ofensiva.

Aunque el cuadro se puede desarrollar a cualquier edad, es más frecuente se de en la adultez temprana. Los síntomas aparecen a menudo durante períodos de estrés intenso, muchas veces durante la recuperación de una enfermedad grave, o al hacerse el diagnóstico de una enfermedad a un ser querido o concomitantemente con la muerte de un amigo cercano o un pariente. La amplia difusión de temas de salud en medios como la televisión o Internet, también influiría en el inicio y el tema del cuadro.

Sobre las causas del cuadro no hay claridad. Las primeras teorías centradas en los conflictos intrapsíquicos, no han podido ser demostradas y no han resultado útiles para diseñar una estrategia terapéutica.

Actualmente se considera que existen varios factores que favorecerían la mantención de las molestias, una vez iniciadas éstas. Este modelo, derivado de la teoría cognitivo conductual, plantea que factores de orden cognitivo, conductual y fisiológico se activarían, en respuesta a la percepción (errónea) que la salud física se encuentra amenazada.

En todos los seres humanos, la ansiedad se acompaña de cambios en la actividad del cuerpo,  con liberación de adrenalina y noradrenalina, produciéndose un aumento de la alerta fisiológica, la reacción de lucha o escape adaptativa. La idea de estar cursando una enfermedad activa esta reacción, y como consecuencia se producen cambios como: aumento de la frecuencia cardiaca, adormecimiento y temblor de las extremidades debido a la reducción de flujo sanguíneo; sensaciones de falta de aire; boca y garganta seca, dolor y tensión muscular (a menudo en cuello, cabeza y tórax), aumento de la sudoración, náuseas y constipación, mareos, visión borrosa, confusión, sensación de irrealidad, bochornos, temblores, sacudidas del cuerpo o cansancio general. Tanto la percepción de alguna molestia corporal, como la misma activación de esta respuesta corporal normal, son interpretadas por el paciente como manifestaciones de una enfermedad grave, iniciándose un círculo de interpretaciones que solo aumenta las molestias, intensifica la ansiedad, aumenta el alerta y se induce a buscar atención médica por la sospecha de la enfermedad.

Característicamente los pacientes con hipocondría presentarían una tendencia a tener creencias muy básicas que son disfuncionales. Por ejemplo pueden pensar “buena salud significa ausencia de síntomas corporales” o “yo soy especialmente vulnerable a la enfermedad”. Este tipo de pensamientos disfuncionales atribuyen erradamente una connotación de amenaza a la salud, a signos y síntomas corporales benignos y transitorios, gatillando ansiedad y preocupación. Además estas ideas son rígidas y dirigidas por una atención selectiva, es decir,  se presta atención a la información que puede confirmar la evaluación negativa de la salud, y se descarta la información que dice que la salud está bien. Esto explica en parte la dificultad del paciente para tranquilizarse, a pesar de las evaluaciones médicas que le indican que goza de buena salud.

La tensión y angustia generada impulsa a los pacientes a realizar conductas que aseguren la salud. Los pacientes también suelen monitorear constantemente su cuerpo, lo que se denomina “vigilancia corporal”. A veces los mismos médicos refuerzan esta conducta al sugerirle al paciente que vigilen sus molestias. La persona se “sensibiliza” más al “ruido corporal”, es decir las leves perturbaciones y fluctuaciones que ocurren normalmente dentro del cuerpo humano y se aumentan las posibilidades de notar y mal interpretar síntomas como si fueran de una enfermedad. Lo anterior se puede asociar al “chequeo corporal”, conducta de búsqueda de seguridad pero que termina por aumentar las temidas sensaciones corporales. Por ejemplo la repetida manipulación de una zona por ser examinada una y otra vez, puede volverla sensible, y esto ser interpretado como prueba de la enfermedad. El chequeo puede incluir mediciones repetidas de temperatura corporal, presión arterial, pulso, agudeza visual, etc. Si se utilizan aparatos sofisticados se detectará variabilidad en estas mediciones, llevando a  confusión y mayor temor. Peor aún, las personas con hipocondría tienden a registrar más estos parámetros, precisamente en períodos en que se sienten más angustiados y probablemente exista más variabilidad de las mediciones, aunque aún dentro de lo normal.

El temor y la angustia conducen a evitar las situaciones que son evaluadas potencialmente perjudiciales para la enfermedad que supuestamente padece el paciente o que podría influir en su aparición. Así se perpetúa el cuadro, ya que se impide tener experiencias que corrijan las creencias, es decir, que se pueda enfrentar con situaciones y que estas no generen las consecuencias temidas.

El tratamiento de estos pacientes se realiza primariamente por el médico general o especialista que consultó en primer lugar, no por los profesionales de salud mental. Los pacientes necesitan ser acogidos y comprendidos, para que puedan establecer una relación de confianza que permita entregar ayuda. Para esto, los médicos deben estar suficientemente informados y poder hacer un diagnóstico correcto luego de algunas entrevistas y exámenes, sin caer en la espiral de continuar realizando exámenes sin fin. Habiendo descartado razonablemente la presencia de una enfermedad médica se propone al paciente mantener controles regulares para observar la evolución. Cuando es posible se deriva a tratamiento al equipo de salud mental. En esta instancia se han probado exitosas las psicoterapias individuales o grupales, que abordan las distintas manifestaciones cognitivas y conductuales desarticulando las creencias y las conductas que mantienen los síntomas en el tiempo. Estas técnicas se desarrollan en sesiones cuyo número varía entre 6 y 20. También se han utilizado psicofármacos, específicamente algunas variedades de antidepresivos. Sus resultados están siendo evaluados, pero al parecer tendrían un efecto moderado, que podría complementar los logros obtenidos con la psicoterapia.

En resumen, la hipocondría es un trastorno mental de origen desconocido, bastante frecuente entre los pacientes que consultan en la atención primaria. Se caracteriza por temor y preocupación excesiva por la posibilidad de estar enfermo de una patología grave o maligna, basándose en la interpretación errónea de molestias corporales benignas y transitorias. Produce gran sufrimiento a quien lo padece e interfiere de manera notable en las distintas áreas de la vida de la persona, pudiendo en ocasiones adquirir el carácter de invalidante. Recientemente se han desarrollado tratamientos efectivos tanto psicoterapéuticos como farmacológicos. 

Referencias:

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